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Programa de Educación Superior y Pueblos Originarios

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UN GENOCIDIO DENTRO DE OTRO

En el marco de las actividades conmemorativas del Día de la Memoria, la Verdad y la Justicia, que la UNLPam organizó junto a entidades intermedias y el Municipio de la ciudad de General Pico, el Programa Educación Superior y Pueblos Originarios desarrolló un conversatorio en el que entre otras propuestas, compartió con los participantes el discurso pronunciado por el Decano de la Facultad de Ciencias Humanas, José Villarreal, el 11 de febrero de 1979, en ocasión del 97 aniversario de Victorica, en el marco del “acto inicial de la celebración oficial del centenario de la Conquista del Desierto”.

Las palabras del Decano muestran que mientras nuestro país transitaba un genocidio, las autoridades nacionales e institucionales de todos los ámbitos, incluso el universitario, “celebraban” otro genocidio, “celebraban” un exterminio sistemático dentro de otro. Este hecho sin dudas describe con creces la atrocidad de una época signada por la reiteración del horror como método, describe la tragedia que atravesaba todos los estamentos, describe un momento siniestro de nuestra historia, pero además describe un tramo anterior de nuestro pasado que también nos interpela, nos obliga y nos compromete con la misma responsabilidad, en la búsqueda de la verdad y, sobre todo, en el sostenimiento de la memoria, condición necesaria para alcanzar la justicia.

El discurso que pronunció Villarreal, y leyó en el acto para los presentes el ingeniero Daniel Pincén, asesor del Programa Educación Superior y Pueblos Originarios, se titulaba “En el Centenario de la Conquista”. A continuación, transcribimos textualmente sus palabras, en la certeza de que la evocación permite ponderar en toda su magnitud la idiosincrasia de una época y contribuye en la reconstrucción colectiva de la historia.

“Este acto tiene el propósito de conmemorar los 97 años de la fundación de Victorica y es al mismo tiempo el primero de la celebración del centenario de la Conquista del Desierto. Estos dos momentos ligados no solamente por la relación temporal, sino porque la fundación de Victorica fue un desenvolvimiento natural de la gesta militar que concluyó con el dominio indígena en estas regiones. En nombre de la Comisión que tiene a su cargo celebrar en nuestra provincia el centenario de la Conquista del Desierto, traigo la palabra de homenaje a esta localidad que inicia la población y la civilización en nuestra provincia.

La ocupación del desierto fue un acto de soberanía que otras urgencias habían demorado con grave daño para la nación. La campaña se hizo indispensable por un doble motivo.

En primer lugar, porque un estado soberano debe testimoniar esta potestad con la ocupación efectiva del territorio de su pertenencia. La omisión de este deber tiene mas tarde o más temprano, severas consecuencias.

En segundo lugar, la ocupación era un imperativo para hacer posible el desarrollo ordenado e integrado del país. La destrucción del poder indígena, dando término al estéril sistema de tratados y pactos, se hacía indispensable. Era la condición necesaria para poner las tierras en producción, entregándolas a las masas de inmigrantes potenciales dispuestos a ingresar al país sin otras exigencias que el reparto de los derechos humanos, expresamente consagrados por la Constitución Nacional.

Si hablamos de generaciones tomando lapsos de 25 o 30 años, la nuestra sería la cuarta generación desde la ocupación efectiva de estas tierras por el hombre blanco. No es mucho tiempo, pero si suficiente para que se haya verificado una apropiación raigal de este suelo de caldenes y médanos, máxime cuando, en el crisol de nuestra raza, se han volcado no pocos gritos de sangre india. También el tiempo transcurrido debe considerarse suficiente para la superación de los odios que generen la lucha y la sangre derramada. No hay ya, en nuestros días, incompatibilidad entre la exaltación de los valores de la Conquista y el reconocimiento de la condición humana del primitivo poblador y de la capacidad que tuvo para identificarse con esta tierra hasta el punto de pelear y morir por ella.